Una realidad que nadie puede negar es el desarrollo en estas últimas décadas es la reciente toma de conciencia por parte del mundo adulto, de la necesidad de ofrecer protección y ayuda a los niños y niñas que son víctimas de malos tratos. Esto se ha ido concretizando a través de diferentes modelos de intervención que, en principio, intentan mejorar la situación de las víctimas, ya sea ofreciendo programas de ayuda a sus familias o un medio alternativo de vida, como son los centros y las familias de acogida.

En la medida que nuestros conocimientos emergen de una práctica de terreno, de experiencias en programas de atención a los niños y/o  familias, podemos sostener que hemos participado en verdaderos “laboratorios” de investigación-acción, no sólo sobre el fenómeno del maltrato, sino sobre la coherencia y la utilidad de nuestras intervenciones.

Hoy estamos cada día más conscientes de que los sufrimientos de los niños y jóvenes están estrechamente ligados a los malos tratos que sufren en los contextos familiares, sociales y culturales en donde les toca crecer. A esto se suma el dolor y los traumatismos provocados por las intervenciones tardías, incoherentes y violentas que emergen de profesionales e instituciones que tienen como mandato educarles, cuidarles, sanarles o protegerles.
            
Los malos tratos infantiles son sobre todo una producción social, es decir, comportamientos de seres humanos adultos, resultado de ideologías que preconizan la violencia y favorecidos por contextos de estrés ambiental. En este sentido, los padres y los  profesionales que trabajan en los diferentes ámbitos que se ocupan de la infancia, nunca deben perder de vista que el sufrimiento infantil, es en gran parte el resultado de las incompetencias del mundo adulto en satisfacer las necesidades de los niños y niñas, y de garantizarles sus derechos.
           
Los diferentes tipos de malos tratos que sufren los niños y las niñas, denuncian la incompetencia de sus padres pero, sobre todo, la de una sociedad en que los adultos han sido incapaces de asegurarles el bienestar y el buen trato para todos ellos.
            
Desde nuestro punto de vista, queremos colaborar para validar esta opción, defendiendo la idea que unos de los derechos fundamentales de los niños y las niñas es que  sus necesidades sean satisfechas, tanto por sus padres y cuidadores, como por el conjunto de la comunidad. En este sentido nos parece importante insistir que es responsabilidad de cada adulto y de cada Estado, de crear las condiciones para que todos los niños y niñas  tengan acceso a los cuidados, la protección y la educación que necesitan para desarrollarse sanamente. Esto es una garantía  para que éstos lleguen  a ser ciudadanos y ciudadanas adultas, poseedores de una postura ética y de los comportamientos altruistas necesarios para establecer relaciones conyugales, parentales, familiares y sociales basadas en modelos de buenos tratos hacia sí mismos y hacia los demás.  Por ello, nos parece relevante  insistir en la idea que los programas de prevención y de tratamiento de los malos tratos infantiles tienen que anclarse en la promoción de dinámicas de buentrato de todos los niños y niñas en todos los ámbitos de la sociedad.